Mrs. Candy…. Era una señora inglesa con la edad suficiente para haber madurado, estaba en esa edad difícil de descifrar que superaba la adultez y saludaba a la vejez. La primera vez que la vimos nos impresiono su aspecto, andares zangandungos, demasiado maquillada, labios delineados en rojo haciendo juego con su pelo escarlata, y una voz dulce igual que su preocupación, desde el primer momento, hacia nosotras.
Mi amiga Esstrella y yo habíamos solicitado una casa de acogida en Londres durante un mes, para asistir a clases de idioma y así perfeccionarlo.
Nos alojaron en casa de Mrs. Candy, que realizaba estas acogidas para asegurarse una vejez más desahogada económicamente. Hacer esto también la permitía vivir bien, de hecho se notaba en la casa. Su decoración tenia estilo y buen gusto. Amueblada con muebles antiguos muy bien cuidados. Todo perfecto, hasta la cocina respiraba un aire antiguo y atildado. Nos sorprendió ver que tenía dos neveras, una pequeña debajo de la encimera y la otra mucho más grande. La pequeña estaba cerrada con un candado. Mrs. Candy, al mirarnos sorprendidas nos explico que allí era donde custodiaba la comida, porque los estudiantes siempre tenían hambre y se comían todo lo que ella almacenaba. Había decidido poner una llave donde tenía la comida que ella nos daba. En la otra podíamos guardar nosotras cosas a mayores si queríamos. La idea nos pareció bien, los jóvenes comemos mucho y los españoles más.
La cena era la única comida del día que hacíamos en casa las tres juntas y ella se encargaba de prepararla. El primer día reunidas las tres a la mesa nos puso un estofado de carne con guarnición de verdura cocida. Nos supo raro… pero claro fuera de casa todo siempre sabe diferente. Ella comió solo la guarnición porque era vegetariana.
Cada noche nos ponía la misma carne guisada de maneras parecidas, cambiando la guarnición vegetal.
Cada noche nosotras cenábamos.
A pesar de que cada país tiene sus sabores esta carne nos parecía extraña. Y a si un día y otro.
Al final de la primera semana, aburridas de cenar siempre lo mismo, y picadas por la curiosidad que mato al gato, decidimos investigar la nevera del candado.
Tenía un candado muy viejo y podría ser fácil. Era evidente que no disponíamos de una radial y aunque la tuviéramos estaría descartada por el ruido tan tremendo que hace, tampoco era cuestión de llamar a los bomberos que nos trajeran su cizalla. A sí que decidimos seguir las instrucciones por internet para abrirlo con dos clips.
Tardamos bastante tiempo en abrir ese intrigante trozo de acero laminado. O quizás es que los minutos se hacían eternos? De cualquier manera no fue ni fácil ni rápido.
Mientras Estrella se dedicaba a pelear con el desafiante agujero yo vigilaba en el pasillo como Mrs. Candy dormía… Se podía oír el dulce ronroneo de su respiración acompasada. De vez en cuando retumbaba un resoplido de agresivo sonido que si no supiéramos que estaba roncando pensaríamos que se estaba peleando por su territorio, con todos los gatos del barrio.
Cuando el gancho fue liberado de los eslabones de la cadena y por fin vencido, la nevera se vio libre y conseguimos abrirla. Cual sería nuestra cara de susto nauseabundo al verla llena de latas de comida para gatos












